(Homenaje a “La niebla” de Stephen King)
La luz del atardecer se colaba por mi ventana, creando un extraño juego de sombras y luces ambarinas por toda mi habitación. Me encontraba solo como de costumbre, sin nada más que hacer en mis ratos ociosos, esperando la hora de la cena para calentar un plato preparado y ver la televisión hasta la hora de dormir. En una de mis divagaciones, mientras miraba al cielo sin ningún tipo de interés en particular, vi algo que sin embargo, me saco de mi ensimismamiento haciendo que fijara la vista, para ver una bandada de gaviotas, deberían ser cien o más, y todas se dirigían hacia el interior.
Mas no le di mucha mas importancia, de hecho, una de las explicaciones más racionales que podía encontrar en ello, era la idea de que persiguieran a algún camión de desechos, hacia algún vertedero. El sol seguía cayendo, lento pero seguro sobre el borde del mundo, mientras esperaba con ansias la hora de la cena. De repente y en pocos minutos, apenas sin haberlo percibido, una horrible tormenta se desato sobre la ciudad, e iba avanzando hacia mi hogar. Sin apenas darme tiempo a reaccionar, empezaron a caer chuzos de punta, y los relámpagos, truenos y rayos comenzaron un desfile macabro partiendo el cielo por la mitad.
Apenas probé bocado mientras duró la tormenta, no recuerdo exactamente a que hora dio por finalizada su sinfonía de rayos, ya que me metí debajo de las sabanas como un chiquillo asustado y creo que me quede dormido. Sin embargo, mi reposo no fue agradable, entre la felpa de las sabanas y los truenos en el horizonte, mi sueño fue intranquilo, y mi pesadilla muy vivida.
Me encontraba en un pantano yermo, vacío, desprovisto de toda vida y toda actividad. Allí en medio, había una cabaña hecha con troncos y hojas de lo que un día pudo haber habido en el susodicho pantano. Recuerdo como si fuera ayer, que era de noche en mi sueño, y sin embargo, podía ver todo a mi alrededor. Supongo que me acerque sin motivo a la cabaña del pantano, y cuando cruce su umbral, la puerta se cerro, y yo caí por un pozo oscuro y horrible. Mientras caía, podía oír el retumbar del trueno. Sin embargo, lo peor de todo, era que conforme iba cayendo, podía ver a las personas con las que un día, compartí el camino de la vida, pero que me habían dejado atrás. Vi a mi hermana melliza atada en la roca con un gesto de desesperación en el rostro. Vi a mis padres en la misma situación un poco más abajo, y a mis abuelos. Por ultimo, empecé a ver a gente que no conocía o no podía reconocer, y sin embargo todos me miraban con esa mezcla entre desesperación y pena, como si mi destino fuere a ser peor. Y de repente, caí en la oscuridad más absoluta. No podía ver nada, pero sin embargo, podía notar esa presencia, mezcolanza entre lo horroroso y lo innominado, la esencia de la oscuridad misma que desde tiempos arcaicos, nos vigila, nos persigue y nos da caza. Sentía su fétido aliento en la nuca, mientras que sus garras pendían a escasos centímetros de mi cara. Por supuesto que no podía verlo, pero el miedo primario, agudizaba terroríficamente mis sentidos, haciendo que pudiera sentir lo que no veía. No atrevía a mover siquiera un músculo y casi ni a respirar, mientras que notaba como sus ojos inexistentes, me descuartizaban con la mirada. Entonces su respiración cambio, su cuerpo se tensó y fue tal movimiento como si una cuerda de piano o de guitarra restallase al romperse.
Me desperté una hora antes de que la alarma de mi reloj comenzase a sonar, pero no tenia ánimos para volver a dormir. Así que decidí levantarme y darme una ducha, quizá con ella, los horrores de la noche resultaran más efímeros. Cuando el sol comenzaba a salir por el horizonte, hice mi mochila, y un sándwich. Cogí las llaves de mi coche y me dispuse a cruzar Alicante hacia mi centro de estudios.
Abrí con el mando el cierre centralizado del Volkswagen Sharan Verde que mis padres me habían dejado en herencia. Era mi único medio de transporte y aunque fuera un trasto enorme, por lo menos podía contar con el para viajar de aquí para allá con cierta autonomía. Abrí la puerta del garaje con el mando, y pensé en la ruta que tomaría aquella mañana. Cada día intentaba cambiar un poco la ruta, para que la rutina pasara desapercibida.
Cada día me hacia gracia en la situación que me encontraba, sin trabajo, con veinte años de edad y sin un futuro académico a la vista. Mi vida había sido un fracaso tras otro y un incontable numero de tropezones que habían acabado por devolverme el poco sentido común que me quedaba. Puse la radio, y el cantante de mi grupo favorito me saludo con un: “Y aunque no soy diferente, llevo el fracaso tatuado en la frente”. Lo que necesitaba para alegrarme el día del todo.
Me dispuse a abandonar el garaje, y me di cuenta de que el taller de autos que hay enfrente de mi casa, aun no había abierto, pese a que por lo general, solían llevar en funcionamiento media hora antes de mi salida. Gire a la derecha y salí en dirección a la rotonda mas cercana. Apenas había tráfico para ser un lunes a primerísima hora, pero al parecer la tormenta de la noche anterior había causado estragos por doquier. Había vallas publicitarias reducidas a escombros, muros rotos y palmeras y árboles arrancados de cuajo.
Sin más deje atrás la vía por la siguiente salida para emprender mi viaje al instituto, y tuve la increíble suerte de que el trafico era muy fluido, y llegue pronto a mi destino. Aparque sin más demora, cogí la mochila y entre en el instituto. En el cartel de entrada figuraba el nombre, y tras la puerta de aluminio, podían verse unos extraños cubos que a mi me inquietaban desde el mismo día en que me matricule, aunque solo el apreciarlos bajo el cielo cubierto de nubes le daba un aire como siniestro.
Entre a la sala de estudios, ya que por lo general, aun faltaba media hora para que sonase el timbre, y me sorprendí a mi mismo, solo en el habitáculo repleto de libros, sin profesores ni alumnos que estuvieran en el centro. En la parte trasera, estaba la pista de baloncesto, y a su siniestra, el aparcamiento de profesores, en teoría, mas allá había una pista de futbol con césped, pero o mi visión se había empeorado de ayer a hoy, o una niebla blanca y espesa se había apoderado del susodicho campo. Por supuesto, es normal que en las tierras del levante, en mas de una ocasión, el día nos de la bienvenida con un banco de niebla. Pero en aquella niebla había algo extraño. No era una niebla vaporosa, asentada en toda la zona alrededor, y que hacia que los edificios fueran meras siluetas en su gris interior. Esta niebla tenia una zona delimitada y mas que envolver, parecía tragar aquello que se interponía en su camino… por que lo mas pavoroso de ese banco extraño, era que si te detenías a contemplarla por unos instantes, simulaba tener la capacidad de reptar.
Cuando la sirena dio el primer toque, la niebla ya había avanzado hasta la verja del aparcamiento de los profesores. Algo en mi interior me dijo que abandonara aquel lugar y que cogiera el coche y me fuera tan rápido y tan lejos como el depósito de gasolina me permitiese. Y sin embargo, recordé el miedo irracional que sentí cuando estaba soñando, solo ante la bestia del pozo y decidí que no era más que una sarta de estupideces.
Comencé a andar cuando de repente, un extraño movimiento en la niebla capto mi atención, como alguna de las zonas de la refulgente masa de vapor se volvieran por unos momentos más oscuras que otras, haciéndome ver siluetas imposibles que un humano jamás debería ver.
Volvió a sonar la sirena, pero esta vez no era la del instituto, sonaba como una alarma nuclear en la lejanía, como la típica alarma que puede sonar en un emplazamiento militar, pero parecía apagada y lejana.
La niebla cayó como un manto alrededor del edificio, un par de personas que había en los patios, se perdieron de vista, pues avanzaba más rápido de lo que parecía. Me hizo gracia ver como las personas se desvanecían, parecía como si hubieran desaparecido de la faz de la tierra. Apoye la mano contra el cristal de la puerta, intentando ver algo.
Fue entonces, cuando la sangre se me helo en las venas, y mi ritmo cardiaco no paraba de acelerarse. Tal fue el estremecimiento que sentí, que aun recuerdo con total claridad, ante tan horroroso sonido, como me descubrí a mi mismo, corriendo hacia las escaleras de la planta primera mientras que brotaban lágrimas de miedo por mis ojos.
Un alarido, de una mujer o una niña, se oyó fuera, además de un chasquido y un crujir que mi mente asocio al de la carne arrancada y los huesos rotos. Lo que me hizo caer al suelo y huir, fue la mancha de sangre que apareció de improvisto en el cristal de la puerta que daba acceso al patio del instituto.
Me refugie en una de las aulas que estaba vacía, con las manos en la cabeza, sin saber que hacer, cerré los ojos pensando que todo seria otra horrible pesadilla, que en cuanto los volviera a abrir, estaría en mi casa, con el despertador sonando, para empezar un nuevo día.
Creo que en ese momento, mi mente se colapso, por que no recuerdo gran cosa de lo acontecido después, y aunque trato de ahondar en mi subconsciente, mi mente ha bloqueado unos recuerdos que quizá sea mejor mantener en el anonimato.
El caso es que me encontré de nuevo, en otro aula, cuando creo que recupere mi animo de espíritu, ahí solo estábamos dos alumnos mas, un chico y una chica; y un profesor. Al parecer estaban discutiendo sobre algo en la pizarra cuando la chica se dio cuenta de que había vuelto a la consciencia.
Se acerco para examinarme mejor y tras mirarme, el profesor y el otro chico, se fijaron también en mi.
Los tres suspiraron de alivio, y el profesor me dijo:
- Has tenido suerte de que nosotros seamos los que te hayamos encontrado. La gente esta como loca, parece que el pánico se ha extendido entre los alumnos y los profesores y algunas personas han resultado heridas debido a la histeria colectiva.
Recapacite por unos segundos, y me di cuenta de que estábamos en el segundo piso. Con suerte, podríamos aguantar allí un par de días como mucho, suponiendo que la extraña bruma no podría subir por la escalera. Un sentimiento angustioso me oprimía el corazón, sabia que no podíamos estar allí eternamente, tarde o temprano tendríamos que ir a conseguir comida y agua.
- ¿Hay alguna idea? Sin comida ni agua no podremos pasar mucho tiempo aquí, además, parece ser que la niebla que nos acecha es toxica, pues escuche a alguien gritar en ella y…y… - mi cerebro se negaba a seguir pronunciando una palabra mas, a menos que estuviera dispuesto a que estallara.
Todos se quedaron serios, mirándome como si hubiera hablado de un tema tabú o algo peor. El chico fue el que reacciono primero, y aunque estaba blanco como una pared, pareció sacar fuerzas de flaqueza para decirme lo siguiente:
- La niebla en si no es lo peligroso, si no las cosas que hay dentro de ella. – Hizo una pausa, y trago saliva, mientras parecía no mirar hacia ningún lugar, tratando de recordar- Yo las he visto, y he salido vivo de milagro, no es nada que podamos imaginar. Solo espero que no puedan ser capaces de moverse fuera de ella, por que si no, no nos queda ninguna esperanza.
El profesor lo miro con una mezcla entre ira y perplejidad y comenzó a gritar:
- ¡Eso no es posible! ¡La niebla tiene que ser algún tipo de gas toxico que hace que la gente vea visiones o algo similar! ¡Esa afirmación no tiene ninguna base!
El chico cada vez más nervioso se llevo las manos a la cabeza, y no volvió a pronunciar palabra. Yo mire por la ventana del edificio, y allá abajo, la niebla cubría la ciudad como un manto, pero sin embargo, no parecía capaz de ir mas allá de la planta baja de los edificios. No obstante, también poseía una sensación de terquedad inconcedible, y allá donde estaban los accesos a los edificios, parecía arremolinarse y concentrarse. Era cuestión de tiempo de que poco a poco e inexorablemente fuera invadiendo las plantas una a una.
Allá abajo, junto al muro al que daba mi ventana, pude ver algunas sombras fugaces en la niebla, algo que no podía siquiera imaginar a creer. Nada humano podía poseer esa forma, y sin embargo, juraría que por unos instantes, la figura que se había insinuado en la blanca y mortecina niebla, se asemejaba a algo lejanamente antropomórfico, pero con una cabeza cónica o piramidal desproporcionada al cuerpo, fuere lo que vieron mis ojos, definitivamente no era humano.
Mirase donde mirase, lo único que podía ver era la lechosa espesura de la niebla, recordaba a mis amigos, y a mis familiares que no estaban. ¿Acaso iban a terminar mis días así? Lamentándome en un edificio, pensando en los días mejores que habían terminado, recordando la cara de mis seres queridos mientras que algo avanzaba por los pasillos dispuesto a acabar con mi existencia.
Me puse en pie, resuelto a terminar con esta situación, así que les dije a los que allí estaban:
- Señores, tenemos que salir de aquí. Tengo el coche en el aparcamiento del centro con el deposito lleno, a apenas unos metros de la salida. Se que es arriesgado, pero prefiero agarrarme a un clavo ardiendo en esta situación. No espero que nadie me acompañe, sin embargo, tengo asientos suficientes para todos nosotros.
El silencio se apodero de la sala, y mientras se decidían a actuar o quedarse, comencé a buscar algún tipo de arma improvisada. Lo más efectivo que pude encontrar en aquellos momentos, fue una pata rota de uno de los pupitres, y sopesándola con la mano, di un par de golpes simulados en el aire.
El profesor hizo un ademán de intentar detenerme, pero puede que fuese mi cara de determinación o de locura al extremo, lo que hizo replantearse sus argumentos y que callase. Los demás decidieron que vendrían conmigo en busca de mi coche. Mientras escribo estas notas rápidas en mi cuaderno, para dejarlas a merced de quien pudiera leerlas en un futuro, pienso en todas las cosas que hasta hoy han hecho que continuara hacia delante.
Nuestra ruta será hacia al interior tanto como la gasolina nos lo permita y en ultima instancia, intentaremos hacernos con víveres y demás para salir de esta maldita niebla. El profesor se quedara aquí hasta que según él se disipe la niebla, si lo encuentras junto con esta nota, es posible que los demás hayamos sufrido peor suerte, pero no desesperes y continua adelante.
Por si te sirve de algo, puede que encuentres mas pistas nuestras en el campo militar de Rabasa y mas tarde en San Vicente… continuaremos al norte a partir de ahí, pero no se que es lo que nos depara el futuro.
Estoy cansado y la cabeza me da vueltas y la sangre me golpea la sien…
La niebla no solo afecta a la visión, también embota el cerebro, recorriendo los pasillos de tu mente, haciéndote creer que estas en un sueño. Pero todo esto es muy real, más real de lo que nunca podrás imaginarte, más real de lo que tu cordura pueda siquiera sugerir, y mucho menos aguantar. Tarde o temprano, habrá un resquicio, una brecha en tu voluntad, y la niebla avanzara inexorablemente por tu pensamiento, y hará que des un paso en falso, esperando el fatídico final que aguarda a todos aquellos que se internan en su interior.
Pero es lo que nos separa de las cosas de la niebla, nuestro afán de supervivencia, nuestra determinación y la esperanza de que llegará un nuevo día.
Me despido al final de estas notas, me voy a descansar unas pocas horas antes de mi salida. Hasta siempre:
Mas no le di mucha mas importancia, de hecho, una de las explicaciones más racionales que podía encontrar en ello, era la idea de que persiguieran a algún camión de desechos, hacia algún vertedero. El sol seguía cayendo, lento pero seguro sobre el borde del mundo, mientras esperaba con ansias la hora de la cena. De repente y en pocos minutos, apenas sin haberlo percibido, una horrible tormenta se desato sobre la ciudad, e iba avanzando hacia mi hogar. Sin apenas darme tiempo a reaccionar, empezaron a caer chuzos de punta, y los relámpagos, truenos y rayos comenzaron un desfile macabro partiendo el cielo por la mitad.
Apenas probé bocado mientras duró la tormenta, no recuerdo exactamente a que hora dio por finalizada su sinfonía de rayos, ya que me metí debajo de las sabanas como un chiquillo asustado y creo que me quede dormido. Sin embargo, mi reposo no fue agradable, entre la felpa de las sabanas y los truenos en el horizonte, mi sueño fue intranquilo, y mi pesadilla muy vivida.
Me encontraba en un pantano yermo, vacío, desprovisto de toda vida y toda actividad. Allí en medio, había una cabaña hecha con troncos y hojas de lo que un día pudo haber habido en el susodicho pantano. Recuerdo como si fuera ayer, que era de noche en mi sueño, y sin embargo, podía ver todo a mi alrededor. Supongo que me acerque sin motivo a la cabaña del pantano, y cuando cruce su umbral, la puerta se cerro, y yo caí por un pozo oscuro y horrible. Mientras caía, podía oír el retumbar del trueno. Sin embargo, lo peor de todo, era que conforme iba cayendo, podía ver a las personas con las que un día, compartí el camino de la vida, pero que me habían dejado atrás. Vi a mi hermana melliza atada en la roca con un gesto de desesperación en el rostro. Vi a mis padres en la misma situación un poco más abajo, y a mis abuelos. Por ultimo, empecé a ver a gente que no conocía o no podía reconocer, y sin embargo todos me miraban con esa mezcla entre desesperación y pena, como si mi destino fuere a ser peor. Y de repente, caí en la oscuridad más absoluta. No podía ver nada, pero sin embargo, podía notar esa presencia, mezcolanza entre lo horroroso y lo innominado, la esencia de la oscuridad misma que desde tiempos arcaicos, nos vigila, nos persigue y nos da caza. Sentía su fétido aliento en la nuca, mientras que sus garras pendían a escasos centímetros de mi cara. Por supuesto que no podía verlo, pero el miedo primario, agudizaba terroríficamente mis sentidos, haciendo que pudiera sentir lo que no veía. No atrevía a mover siquiera un músculo y casi ni a respirar, mientras que notaba como sus ojos inexistentes, me descuartizaban con la mirada. Entonces su respiración cambio, su cuerpo se tensó y fue tal movimiento como si una cuerda de piano o de guitarra restallase al romperse.
Me desperté una hora antes de que la alarma de mi reloj comenzase a sonar, pero no tenia ánimos para volver a dormir. Así que decidí levantarme y darme una ducha, quizá con ella, los horrores de la noche resultaran más efímeros. Cuando el sol comenzaba a salir por el horizonte, hice mi mochila, y un sándwich. Cogí las llaves de mi coche y me dispuse a cruzar Alicante hacia mi centro de estudios.
Abrí con el mando el cierre centralizado del Volkswagen Sharan Verde que mis padres me habían dejado en herencia. Era mi único medio de transporte y aunque fuera un trasto enorme, por lo menos podía contar con el para viajar de aquí para allá con cierta autonomía. Abrí la puerta del garaje con el mando, y pensé en la ruta que tomaría aquella mañana. Cada día intentaba cambiar un poco la ruta, para que la rutina pasara desapercibida.
Cada día me hacia gracia en la situación que me encontraba, sin trabajo, con veinte años de edad y sin un futuro académico a la vista. Mi vida había sido un fracaso tras otro y un incontable numero de tropezones que habían acabado por devolverme el poco sentido común que me quedaba. Puse la radio, y el cantante de mi grupo favorito me saludo con un: “Y aunque no soy diferente, llevo el fracaso tatuado en la frente”. Lo que necesitaba para alegrarme el día del todo.
Me dispuse a abandonar el garaje, y me di cuenta de que el taller de autos que hay enfrente de mi casa, aun no había abierto, pese a que por lo general, solían llevar en funcionamiento media hora antes de mi salida. Gire a la derecha y salí en dirección a la rotonda mas cercana. Apenas había tráfico para ser un lunes a primerísima hora, pero al parecer la tormenta de la noche anterior había causado estragos por doquier. Había vallas publicitarias reducidas a escombros, muros rotos y palmeras y árboles arrancados de cuajo.
Sin más deje atrás la vía por la siguiente salida para emprender mi viaje al instituto, y tuve la increíble suerte de que el trafico era muy fluido, y llegue pronto a mi destino. Aparque sin más demora, cogí la mochila y entre en el instituto. En el cartel de entrada figuraba el nombre, y tras la puerta de aluminio, podían verse unos extraños cubos que a mi me inquietaban desde el mismo día en que me matricule, aunque solo el apreciarlos bajo el cielo cubierto de nubes le daba un aire como siniestro.
Entre a la sala de estudios, ya que por lo general, aun faltaba media hora para que sonase el timbre, y me sorprendí a mi mismo, solo en el habitáculo repleto de libros, sin profesores ni alumnos que estuvieran en el centro. En la parte trasera, estaba la pista de baloncesto, y a su siniestra, el aparcamiento de profesores, en teoría, mas allá había una pista de futbol con césped, pero o mi visión se había empeorado de ayer a hoy, o una niebla blanca y espesa se había apoderado del susodicho campo. Por supuesto, es normal que en las tierras del levante, en mas de una ocasión, el día nos de la bienvenida con un banco de niebla. Pero en aquella niebla había algo extraño. No era una niebla vaporosa, asentada en toda la zona alrededor, y que hacia que los edificios fueran meras siluetas en su gris interior. Esta niebla tenia una zona delimitada y mas que envolver, parecía tragar aquello que se interponía en su camino… por que lo mas pavoroso de ese banco extraño, era que si te detenías a contemplarla por unos instantes, simulaba tener la capacidad de reptar.
Cuando la sirena dio el primer toque, la niebla ya había avanzado hasta la verja del aparcamiento de los profesores. Algo en mi interior me dijo que abandonara aquel lugar y que cogiera el coche y me fuera tan rápido y tan lejos como el depósito de gasolina me permitiese. Y sin embargo, recordé el miedo irracional que sentí cuando estaba soñando, solo ante la bestia del pozo y decidí que no era más que una sarta de estupideces.
Comencé a andar cuando de repente, un extraño movimiento en la niebla capto mi atención, como alguna de las zonas de la refulgente masa de vapor se volvieran por unos momentos más oscuras que otras, haciéndome ver siluetas imposibles que un humano jamás debería ver.
Volvió a sonar la sirena, pero esta vez no era la del instituto, sonaba como una alarma nuclear en la lejanía, como la típica alarma que puede sonar en un emplazamiento militar, pero parecía apagada y lejana.
La niebla cayó como un manto alrededor del edificio, un par de personas que había en los patios, se perdieron de vista, pues avanzaba más rápido de lo que parecía. Me hizo gracia ver como las personas se desvanecían, parecía como si hubieran desaparecido de la faz de la tierra. Apoye la mano contra el cristal de la puerta, intentando ver algo.
Fue entonces, cuando la sangre se me helo en las venas, y mi ritmo cardiaco no paraba de acelerarse. Tal fue el estremecimiento que sentí, que aun recuerdo con total claridad, ante tan horroroso sonido, como me descubrí a mi mismo, corriendo hacia las escaleras de la planta primera mientras que brotaban lágrimas de miedo por mis ojos.
Un alarido, de una mujer o una niña, se oyó fuera, además de un chasquido y un crujir que mi mente asocio al de la carne arrancada y los huesos rotos. Lo que me hizo caer al suelo y huir, fue la mancha de sangre que apareció de improvisto en el cristal de la puerta que daba acceso al patio del instituto.
Me refugie en una de las aulas que estaba vacía, con las manos en la cabeza, sin saber que hacer, cerré los ojos pensando que todo seria otra horrible pesadilla, que en cuanto los volviera a abrir, estaría en mi casa, con el despertador sonando, para empezar un nuevo día.
Creo que en ese momento, mi mente se colapso, por que no recuerdo gran cosa de lo acontecido después, y aunque trato de ahondar en mi subconsciente, mi mente ha bloqueado unos recuerdos que quizá sea mejor mantener en el anonimato.
El caso es que me encontré de nuevo, en otro aula, cuando creo que recupere mi animo de espíritu, ahí solo estábamos dos alumnos mas, un chico y una chica; y un profesor. Al parecer estaban discutiendo sobre algo en la pizarra cuando la chica se dio cuenta de que había vuelto a la consciencia.
Se acerco para examinarme mejor y tras mirarme, el profesor y el otro chico, se fijaron también en mi.
Los tres suspiraron de alivio, y el profesor me dijo:
- Has tenido suerte de que nosotros seamos los que te hayamos encontrado. La gente esta como loca, parece que el pánico se ha extendido entre los alumnos y los profesores y algunas personas han resultado heridas debido a la histeria colectiva.
Recapacite por unos segundos, y me di cuenta de que estábamos en el segundo piso. Con suerte, podríamos aguantar allí un par de días como mucho, suponiendo que la extraña bruma no podría subir por la escalera. Un sentimiento angustioso me oprimía el corazón, sabia que no podíamos estar allí eternamente, tarde o temprano tendríamos que ir a conseguir comida y agua.
- ¿Hay alguna idea? Sin comida ni agua no podremos pasar mucho tiempo aquí, además, parece ser que la niebla que nos acecha es toxica, pues escuche a alguien gritar en ella y…y… - mi cerebro se negaba a seguir pronunciando una palabra mas, a menos que estuviera dispuesto a que estallara.
Todos se quedaron serios, mirándome como si hubiera hablado de un tema tabú o algo peor. El chico fue el que reacciono primero, y aunque estaba blanco como una pared, pareció sacar fuerzas de flaqueza para decirme lo siguiente:
- La niebla en si no es lo peligroso, si no las cosas que hay dentro de ella. – Hizo una pausa, y trago saliva, mientras parecía no mirar hacia ningún lugar, tratando de recordar- Yo las he visto, y he salido vivo de milagro, no es nada que podamos imaginar. Solo espero que no puedan ser capaces de moverse fuera de ella, por que si no, no nos queda ninguna esperanza.
El profesor lo miro con una mezcla entre ira y perplejidad y comenzó a gritar:
- ¡Eso no es posible! ¡La niebla tiene que ser algún tipo de gas toxico que hace que la gente vea visiones o algo similar! ¡Esa afirmación no tiene ninguna base!
El chico cada vez más nervioso se llevo las manos a la cabeza, y no volvió a pronunciar palabra. Yo mire por la ventana del edificio, y allá abajo, la niebla cubría la ciudad como un manto, pero sin embargo, no parecía capaz de ir mas allá de la planta baja de los edificios. No obstante, también poseía una sensación de terquedad inconcedible, y allá donde estaban los accesos a los edificios, parecía arremolinarse y concentrarse. Era cuestión de tiempo de que poco a poco e inexorablemente fuera invadiendo las plantas una a una.
Allá abajo, junto al muro al que daba mi ventana, pude ver algunas sombras fugaces en la niebla, algo que no podía siquiera imaginar a creer. Nada humano podía poseer esa forma, y sin embargo, juraría que por unos instantes, la figura que se había insinuado en la blanca y mortecina niebla, se asemejaba a algo lejanamente antropomórfico, pero con una cabeza cónica o piramidal desproporcionada al cuerpo, fuere lo que vieron mis ojos, definitivamente no era humano.
Mirase donde mirase, lo único que podía ver era la lechosa espesura de la niebla, recordaba a mis amigos, y a mis familiares que no estaban. ¿Acaso iban a terminar mis días así? Lamentándome en un edificio, pensando en los días mejores que habían terminado, recordando la cara de mis seres queridos mientras que algo avanzaba por los pasillos dispuesto a acabar con mi existencia.
Me puse en pie, resuelto a terminar con esta situación, así que les dije a los que allí estaban:
- Señores, tenemos que salir de aquí. Tengo el coche en el aparcamiento del centro con el deposito lleno, a apenas unos metros de la salida. Se que es arriesgado, pero prefiero agarrarme a un clavo ardiendo en esta situación. No espero que nadie me acompañe, sin embargo, tengo asientos suficientes para todos nosotros.
El silencio se apodero de la sala, y mientras se decidían a actuar o quedarse, comencé a buscar algún tipo de arma improvisada. Lo más efectivo que pude encontrar en aquellos momentos, fue una pata rota de uno de los pupitres, y sopesándola con la mano, di un par de golpes simulados en el aire.
El profesor hizo un ademán de intentar detenerme, pero puede que fuese mi cara de determinación o de locura al extremo, lo que hizo replantearse sus argumentos y que callase. Los demás decidieron que vendrían conmigo en busca de mi coche. Mientras escribo estas notas rápidas en mi cuaderno, para dejarlas a merced de quien pudiera leerlas en un futuro, pienso en todas las cosas que hasta hoy han hecho que continuara hacia delante.
Nuestra ruta será hacia al interior tanto como la gasolina nos lo permita y en ultima instancia, intentaremos hacernos con víveres y demás para salir de esta maldita niebla. El profesor se quedara aquí hasta que según él se disipe la niebla, si lo encuentras junto con esta nota, es posible que los demás hayamos sufrido peor suerte, pero no desesperes y continua adelante.
Por si te sirve de algo, puede que encuentres mas pistas nuestras en el campo militar de Rabasa y mas tarde en San Vicente… continuaremos al norte a partir de ahí, pero no se que es lo que nos depara el futuro.
Estoy cansado y la cabeza me da vueltas y la sangre me golpea la sien…
La niebla no solo afecta a la visión, también embota el cerebro, recorriendo los pasillos de tu mente, haciéndote creer que estas en un sueño. Pero todo esto es muy real, más real de lo que nunca podrás imaginarte, más real de lo que tu cordura pueda siquiera sugerir, y mucho menos aguantar. Tarde o temprano, habrá un resquicio, una brecha en tu voluntad, y la niebla avanzara inexorablemente por tu pensamiento, y hará que des un paso en falso, esperando el fatídico final que aguarda a todos aquellos que se internan en su interior.
Pero es lo que nos separa de las cosas de la niebla, nuestro afán de supervivencia, nuestra determinación y la esperanza de que llegará un nuevo día.
Me despido al final de estas notas, me voy a descansar unas pocas horas antes de mi salida. Hasta siempre:
José Miguel Leonis Sánchez, estudiante de 1º de Bach del Figueras Pacheco
Este relato iva a entrar en el concurso de relatos de mi instituto, y al final entre unas cosas y otras, lo deje pasar. Quiza sea mejor asi, por que por lo visto y aunque me han comentado que la idea no era mala, esta escrito de forma "amateur". Asi que decido colgarlo aquí para que la gente de su opinión y yo me pongo a reescribir algo a ver si me sale potable, saludos.


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